
La expresión “mesa compartida” nos remite a un aspecto esencial de nuestra vida. En casi todas las culturas, la comida es una especie de “microcosmos” que nos descubre cómo es una sociedad. Lo que se come, la forma de comer, con quién y dónde se come, son datos que indican las relaciones, los grupos, las tradiciones y la naturaleza de esa sociedad. No se come con cualquiera ni de cualquier manera. Vamos a prestar atención a esta dimensión de nuestra vida, y compartir con los demás:
En los evangelios aparecen muchas referencias a las comidas en las que Jesús participaba; numerosos hechos y enseñanzas de Jesús se dan en el contexto de la mesa compartida. Además en varias ocasiones retoma la metáfora del banquete, utilizada por los profetas, para referirse a la promesa de vida plena que Dios prepara a su pueblo.
Vamos a escuchar uno de esos relatos. Para comprenderlo mejor conviene tener en cuenta el contexto en que se desarrolla.
La mesa compartida en la sociedad de Jesús
Sintetizado de Pagola, Jesús, aproximación histórica
En la época de Jesús estaba muy acentuado el hecho de que compartir la mesa significaba pertenecer al mismo grupo: los extranjeros comen con los extranjeros, los judíos con los judíos; los varones con los varones, las mujeres con las mujeres; los ricos con los ricos, los pobres con los pobres.
Esta delimitación de la mesa se daba particularmente en los grupos que querían observar la “santidad” propia del verdadero Israel. En los sectores radicales de los grupos fariseos, los comensales se lavaban previamente las manos y excluían a los ritualmente impuros. Eran ritualmente impuros los que vivían en contacto con paganos o los que, como los publicanos y prostitutas, ejercían profesiones que implicaban de hecho una permanente transgresión del código; los leprosos, los castrados, los ciegos y los rengos no se podían presentar con el mismo rango de pureza que los sanos; las mujeres, sospechosas siempre de impureza por su menstruación o los partos, pertenecían a una categoría menos digna y santa que la de los varones. Los más degradados socialmente eran considerados de manera general un sector de “impuros” porque eran gente sucia, muchos de ellos enfermos; su vida de vagabundos impedía a la mayoría cumplir las normas de pureza y las purificaciones rituales. Con estas reglas de la mesa, estos grupos excluían a los extraños, consolidaban su propia identidad y manifestaban su visión del verdadero Israel.
(Lucas 14, 1. 12-24), en lo posible en forma dialogada: relator/a, Jesús, invitado, sirviente (de la parabola), invitados 1, 2 y 3 (de la parabola)
Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. (…)
Jesús dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!».
Al oír estas palabras, uno de los invitados le dijo: «¡Feliz el que se siente a la mesa en el Reino de Dios!».
Jesús le respondió: «Un hombre preparó un gran banquete y convidó a mucha gente. A la hora de cenar, mandó a su sirviente que dijera a los invitados: «Vengan, todo está preparado».
Pero todos, sin excepción, empezaron a excusarse.
El primero le dijo: "Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego me disculpes".
El segundo dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego me disculpes"
Y un tercero respondió: "Acabo de casarme y por esa razón no puedo ir".
A su regreso, el sirviente contó todo esto al dueño de casa, este, irritado, le dijo: "Recorre en seguida las plazas y las calles de la ciudad, y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los paralíticos".
Volvió el sirviente y dijo: "Señor, tus órdenes se han cumplido y aún sobra lugar".
El señor le respondió: "Ve a los caminos y a lo largo de los cercos, e insiste a la gente para que entre, de manera que se llene mi casa. Porque les aseguro que ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena"».
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