El contacto con la fuente

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La vida es un péndulo que oscila entre la necesidad de retirarnos del bullicio mundano y la participación comprometida en este mundo.

Es hermoso sentir la energía que surge del recogimiento. ¡Ocúpate otra vez de tus semejantes! Pero ten cuidado. Esta energía vital no es propiamente tuya. Te fue dada desde tu recogimiento. Trátala como un obsequio, como un tesoro que te ha sido dado en guarda. Es la fuerza de Dios.

Podemos consumir esta energía como un automóvil la gasolina. El tanque termina por quedar vacío y volvemos a encontrarnos sin fuerzas. Si la utilizamos únicamente en trabajar para lograr algo por nosotros mismos la consumimos, y tarde o temprano recaemos en el estado anterior. La energía disminuye y  nos “desinflamos”. Pero podemos llevar esta energía de vuelta a su fuente, y en lugar de pretender conservarla codiciosamente, ofrendarla a su vez día a día a Dios. De esta manera crecerá en nosotros y la viviremos cada vez más como algo duradero, permanente. En vez de alimentarnos de la energía divina, podemos mantenernos junto a Dios, en su fuerza, actuando para él a partir de ella.

 

Esto no quiere decir que no se deba actuar entre los hombres y comprometerse de lleno con ellos con esta fuerza que nos es dada. Sólo se hace hincapié en que, en la vida cotidiana, no hay que perder contacto con la fuente. “Queden en mí y yo quedaré en ustedes”, dice Jesús. Este “quedar” no es una mera declaración de propósitos, sino el permanecer con la atención fija en él. Esta fuerza es como una llama que se alimenta de la atención que prestas a Dios. Hay que cuidarla, para que no comience a flaquear y termine por apagarse. No podemos volver a encenderla con nuestras propias fuerzas. La cuidamos y alimentamos con la oración diaria y con el retorno a la quietud. No hay inconveniente en trabajar mucho, si es que a diario nos tomamos un tiempo para establecer nuevamente contacto con la fuente.

 

La interacción entre quietud y actividad

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Se produce una tensión entre el desierto y lo cotidiano, entre el momento de oración y la vida activa, que resulta sanadora, pues une dos polos importantes de la vida.

En efecto, ambos forman parte de los mismo, al igual que la aspiración y la espiración. La vida sana consiste en abrirse hacia fuera y volverse hacia dentro. La persona equilibrada se levanta a la mañana y siente ganas de salir, de ser creativa y construir su mundo junto a los otros. Al anochecer, vuelve a casa para encontrarse consigo misma. Busca abrigo e intimidad con los suyos.

Aquel que a la mañana no tiene ganas de salir es un ser encerrado en sí mismo y egocéntrico. No es sano espiritualmente. Y el que al anochecer no ansía volver al hogar, descansar, estar con los suyos o estar solo es un fanático de la actividad, que no sabe de sosiego, que huye de sí mismo. La persona sana tiene necesidad de dirigirse alternativamente hacia fuera y hacia dentro.

Profundizamos en el encuentro con el otro en la medida en que profundizamos en nosotros mismos. El fanático de la actividad, que huye de sí mismo y no puede replegarse es incapaz de encontrarse con otras personas, estrictamente hablando. Sus relaciones serán forzosamente superficiales. Su desasosiego no permite encuentros más profundos. Sólo las palabras del que está en contacto con su centro y lo cultiva regularmente pueden tocar el alma de un semejante.

 

PERCIBIR A LOS DEMÁS

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Un problema en el trato con las personas es la presión por el rendimiento. La sociedad nos exige bajo presión demostrar lo que podemos rendir. Uno es evaluado según su rendimiento: estimado o despreciado. Esta es la ley que impera no sólo en el mundo material sino también en las relaciones entre los seres humanos.

Tener que rendir, ejerce una fuerte presión sobre nosotros. Un simple ejemplo. Imaginemos  a un directivo que comprueba que su empresa está en rojo y que está amenazado por la quiebra. La presión aumenta y se pone nervioso. Entra en estado de estrés, todo su cuerpo está tensionado y aparecen los primeros síntomas de agotamiento. Probablemente ya no podrá pensar en otra cosa que en su problema. Esta presión del rendimiento lo fija sobre lo que quiere conseguir. Todo lo demás pierde más y más su significado, hasta que desaparece totalmente de la conciencia y ya no puede ser percibido. De esta manera las personas lentamente perciben sólo el aspecto de su utilidad. Quiérase o no, se pierde todo respeto o amor al prójimo. Debido a la presión del rendimiento pueden asfixiarse totalmente. ¿No sufren las familias cuando uno de sus miembros está estresado y no percibe a los demás miembros de la familia como personas?

En este contexto me viene a la memoria la parábola del buen samaritano. El samaritano era probablemente un comerciante en viaje de negocios. También estaba bajo presión, como el sacerdote y el levita. Pero pudo desconectarse por un momento y hacerse cargo del desamparo del otro. Se acercó y se preocupó por el herido. Al día siguiente volvió a sus negocios. La diferencia entre el comportamiento de los tres no reside en la diferencia de la presión del rendimiento. La diferencia reside en que los dos primeros no pudieron distanciarse de sus objetivos por el tiempo necesario para comprometerse por completo con la persona que estaba frente a él.

Bajo la presión del rendimiento no se percibe correctamente el prójimo. Para amar a las personas se debe dejar la presión del rendimiento. Aún si en la calle nos habla un desconocido es necesario desconectarse totalmente por dos o tres minutos, para estar en un ciento por ciento con esa persona y no pensar en nada más que estar con ella. Igualmente no deberíamos tener ningún otro pensamiento y comprender solamente lo que viene de esta persona. Para lograr esto debemos saber desconectarnos, lo que nos cuesta muchísimo.

El problema no reside en la exigencia de rendimiento. En el mundo exterior necesariamente tenemos que exhibir resultados. La pregunta es si nos podemos distanciar de esta presión en el momento justo. ¿Podemos desconectarnos o somos esclavos de nuestra presión del rendimiento? Esa es la pregunta clave.

La oración contemplativa nos enseña a estar simplemente para Dios, sin deseos, sin preocupaciones, sin metas, sin propósitos, libres de todo otro interés, pensamiento y actividad. El que puede estar así, puede estar para Dios y puede estar para el prójimo, porque ambas relaciones son una sola. En cambio el que no puede distanciarse de sus deseos, sus preocupaciones, de sus metas, de sus problemas, sus opiniones y su sed de actividad, no puede reunirse con Dios ni con su semejante.

 

LLEGAR A SER PERFECTOS

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En su libro sobre la vida de San Francisco el franciscano Eligio Leclerc describe cómo el santo se encuentra en camino con el hermano León y cómo, al atravesar un arroyo y admirar la claridad del agua, ésta les evoca la pureza de corazón. San Francisco observa entonces que el hermano León se ha puesto triste, y le dice: “Me parece que andas cavilando algo”

“Si, si se nos concediese un poco de esta pureza, también tendríamos la alegría graciosa y desbordante de nuestra hermana fuente y la fuerza irresistible de su agua”. Una nostalgia abismal sonaba en las palabras de León.  Se quedó contemplando fija y melancólicamente el arroyo, imagen de la pureza que al hombre le es negada para siempre.

“Ven”, dijo Francisco y lo arrastró consigo.

Ambos retomaron el camino. Anduvieron un rato en silencio y luego Francisco preguntó: “¿Sabes, hermano, lo que es un corazón puro?”.

“Cuando no hay nada que reprocharse”, respondió León sin detenerse mucho a pensar. “Entonces comprendo que estés triste; siempre hay algo que debamos reprocharnos”.

“Justamente. Por eso abandoné toda esperanza de llegar a tener un corazón puro”

“¡Ay, hermano León, no te preocupes tanto por la pureza de corazón! ¡Mira en dirección a Dios! ¡Admíralo! ¡Alégrate de que él exista, él, que es enteramente santo! Agradécele por el amor de él mismo. Eso, mi pequeño hermano, es tener un corazón puro. ¡Y, ante todo, una vez que te hayas vuelto hacia Dios de esta manera nunca más te vuelvas hacia ti mismo! ¡No te preguntes cómo andan tus relaciones con Dios! La pena que sentimos de ser imperfectos y por descubrirnos pecadores es un sentimiento humano, demasiado humano. Debes alzar la vista, alzarla mucho más. Un corazón es puro cuando no desiste de adorar al Padre viviente y verdadero, participa intensamente de su vida y es tan fuerte que pese a toda su miseria se deja tocar de la inocencia y alegría eternas de Dios. Un corazón así está a la vez vacío y colmado. Le basta con que Dios sea Dios. De esta certidumbre deriva su paz y su alegría. Y la santidad del corazón no es pues otra cosa más que Dios mismo”. “Pero Dios exige de nosotros que nos esforcemos y le seamos fieles”, objetó el hermano León.

“Por cierto, pero la santidad no consiste en que nos realicemos y colmemos nosotros mismos. La santidad es ante todo el vacío que encontramos en nosotros, que aceptamos, y que Dios llena en la misma medida en que nos abramos a su plenitud.
Con frecuencia cometemos el mismo error que el hermano León. Queremos llegar a ser perfectos y nos preocupamos demasiado por nuestras imperfecciones  y problemas, nuestros pecados, sentimientos de culpa y auto-reproches. En su lugar, deberíamos centrarnos una y otra vez en Dios. Él nos transformará. ¡Si tan solo vislumbráramos la poderosa fuerza transformadora que alberga la presencia de Dios! La constante atención fija en Su presencia y la diáfana confianza en él enaltecen a la persona y la purifican como nada en el mundo. La verdadera fuerza sanadora proviene de la presencia de Dios. Fluye a través de la unión con nuestro centro, con la chispa divina de nuestro interior. El contacto constante y sin reservas con ella nos sana de nuestra miseria.

 

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ESCUCHAR

Francisco Jalics, Ejercicios de Contemplación, p. 130; 56-57

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Según mi modo de ver el amor al prójimo se resiente sobre todo porque no nos escuchamos mutuamente y porque, debido a la presión del rendimiento, nos brindamos poca atención los unos a los otros.

El primer problema en el trato con las personas es que no escuchamos a las personas. Escuchar a alguien significa no sólo oír las palabras, sino dar cabida a la preocupación del interlocutor. Es más, estar con todos los sentidos con él, para que se sienta completamente comprendido y aceptado en su totalidad.

Escuchar correctamente nos cuesta mucho. En el trato normal sólo escuchamos hasta que hemos entendido más o menos lo que nuestro interlocutor quiere decir. Luego seguimos nuestros propios pensamientos o intereses. Nuestro interlocutor puede seguir hablando tranquilamente. Pero nosotros ya no estamos con él. Por ejemplo, alguien le cuenta al otro de la linda excursión que hico la última semana. Su interlocutor oye la palabra clave “linda excursión”. Enseguida le aparecen asociaciones con uno de sus últimos paseos e interrumpe al primero: “Si, yo también hice una linda excursión”. ¿Qué ha pasado? El narrador no fue escuchado, a pesar de que probablemente todavía estaba muy entusiasmado con su vivencia y le hubiera gustado contarla. La palabra “excursión” desató en el interlocutor la asociación a su excursión, lo cual determinó que volviera enseguida a sí mismo. Aunque exteriormente todavía estaba involucrado en la conversación, su espíritu y sus palabras ya se habían distanciado del otro. Ya no escuchaba.

Otro ejemplo: Alguien nos cuenta un problema. Rápidamente damos un consejo. Creemos saber muy bien lo que el interlocutor necesita en esa situación. Es posible que nuestro semejante no quería un consejo, sino solamente quería ser escuchado. Quería aliviar su corazón y por eso había buscado a alguien que lo escuchara. Nosotros, en cambio, no podemos soportar ver sufrir a alguien. Enseguida sentimos el impulso de tener que ayudarlo. Este impulso no nos permite seguir escuchando y nos obliga a dar consejos. Por ejemplo, consolamos un enfermo, susurrándole que debe confiar en Dios o le hablamos de un medicamento que seguramente le va a ayudar. Pero esto no es necesario. Del tratamiento médico se harán cargo los facultativos. En cambio el enfermo quiere ser escuchado y tomado en serio. Escuchar exige tranquilidad interior y el valor de poder soportar el sufrimiento.

Algo parecido ocurre en una discusión con tendencia ideológica. Cada uno ve sólo su propia ideología, y no advierte que su interlocutor es un ser humano que quiere ser escuchado. Ya no le importa el ser humano sino las concepciones ideológicas. A raíz de este ejemplo nos damos cuenta de cuán rápidamente nos olvidamos de la persona para poner en el centro de nuestra atención intereses o ideas propias. Dejar al ser humano en el centro de nuestra atención a pensar de pensar de manera diferente exige mucha serenidad interior.

Quien escucha realmente a un semejante, se vacía mientras lo hace. Se desprende de su propia ideología, sus intereses, sus urgentes tareas, su deseo de ayudar, pero principalmente de sus pensamientos y sentimientos. Se abre completamente al otro. (p. 130)

La oración nos enseña a escuchar. Nos enseña a escuchar a Dios y con ello nos enseña a escuchar a los seres humanos, porque es lo mismo. O dicho de otra forma: el que puede prestar oídos a las personas, puede escuchar a Dios. (pp. 56-57)

 

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LA RELACIÓN TRIPLE

Francisco Jalics, Ejercicios de Contemplación, p. 51ss

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En el Evangelio, Jesucristo habla del paralelismo de la relación Dios-hombre. El que visita a un enfermo, visita a Jesucristo. El que alcanza comida a un hambriento, se la regala al Señor. Así él identifica las relaciones que tenemos con las personas con las que tenemos con él. Sostiene que todo lo que vivenciamos en las relaciones humanas sucede al mismo tiempo con Dios.

 

Si queremos saber cómo nos relacionamos con Jesús, lo podemos deducir fácilmente a partir de nuestras relaciones humanas. Cada uno trata a Dios como trata a sus semejantes.

 

La relación con Dios muchas veces está sometida a grandes ilusiones, porque opinamos que nuestra relación con Dios depende solamente de nuestra intención. Si queremos amar a Dios, entendemos que lo amamos realmente. Pero la única forma de reconocer con seguridad nuestra relación con Dios es reunir y revisar todas nuestras relaciones humanas. Lo que existe en estas relaciones, también existe en nuestra relación con Dios.

 

Mientras menosprecie a una sola persona, desprecio también a Dios. Mientras yo esté furioso con una sola persona, estoy furioso con Dios. Mientras ignore o envidie a una sola persona, ignoro o envidio a Dios. Mientras tenga miedo a una sola persona, le tengo miedo a Dios. Si soy celoso, también lo soy frente a Dios.

 

El paralelismo es matemáticamente exacto, sin excepción. Incluso tenemos que hablar de un componente más. La relación con nuestros semejantes, que debe equipararse con la relación con Dios, corre también paralela a la relación que tenemos con nosotros mismos. El que no se ama a sí mismo, no puede tampoco amar al que le otorga la vida. No nos podemos odiar y al mismo tiempo estar dedicados de todo corazón a Dios y al prójimo. Sólo tenemos un corazón con el cual podemos amar a Dios, a los seres humanos y a nosotros mismos.

 

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